Del 8 al 19 de octubre emprendimos una de las rutas más espectaculares que se pueden hacer en el norte de África: un viaje off-road por Marruecos, atravesando paisajes cambiantes, pistas infinitas y montañas que parecen no tener fin. Desde Tánger hasta las dunas de Merzouga, fueron más de diez días de aventura, cultura y conducción pura.

De Tánger a Fès: el inicio de la aventura
Nuestra travesía comenzó en Tánger, punto de entrada habitual al país para quienes llegan en ferry desde España. Desde allí pusimos rumbo hacia Fès, una de las ciudades imperiales más emblemáticas de Marruecos.
Antes de internarnos en las pistas, aprovechamos para visitar su medina, considerada Patrimonio de la Humanidad, y familiarizarnos con el tráfico local, caótico pero lleno de vida.
Atravesando el Atlas: pistas, paisajes y altura
Desde Fès comenzó lo bueno. El Medio Atlas nos recibió con carreteras serpenteantes, bosques de cedros y pequeñas aldeas bereberes.

A medida que ascendíamos, el asfalto se fue convirtiendo en pistas de tierra y piedra, donde el terreno comenzó a poner a prueba tanto la conducción como la resistencia del vehículo.
Uno de los puntos más impresionantes de esta etapa fue el Cirque de Jaffar, un paso de montaña rodeado de acantilados y formaciones rocosas espectaculares. La pista, exigente y estrecha, recompensa cada kilómetro con vistas únicas y una sensación de aislamiento total.
Hacia el sur: Errachidia, Erfoud y los secretos del desierto
Tras dejar atrás el Atlas, el paisaje cambió por completo. Las montañas dieron paso a valles áridos y llanuras desérticas, donde las pistas se pierden en el horizonte.
En Errachidia hicimos una breve parada antes de seguir hacia Erfoud, considerada la puerta del desierto. Aquí el ambiente cambia: las temperaturas suben, la vegetación desaparece y el horizonte empieza a teñirse de tonos dorados.
En las afueras de Erfoud visitamos la Cárcel Portuguesa, una enigmática construcción subterránea excavada en la roca que, según cuentan, servía como prisión durante la época colonial. Muy cerca de allí se encuentra también la Ciudad de Orión, una obra monumental del artista alemán Hannsjörg Voth: un conjunto de torres de adobe perfectamente alineadas con las estrellas, que parecen surgir del desierto como una visión.
Poco después nos desviamos hacia los Pozos de Fezna, un antiguo sistema de canales subterráneos que abastecía de agua a las comunidades locales. Caminar entre los túneles excavados en la tierra es como retroceder siglos atrás y descubrir la increíble ingeniería tradicional del pueblo bereber.
Merzouga y las dunas del Erg Chebbi
El final de la ruta nos llevó hasta Merzouga, un pequeño pueblo a los pies del Erg Chebbi, el conjunto de dunas más famoso de Marruecos.

Tras días de pista y polvo, llegar a las arenas del Sáhara fue una sensación indescriptible. La transición entre el terreno duro y la arena fina marca el verdadero comienzo de la aventura en el desierto.
Esa noche la pasamos en un luxury camp en pleno desierto: tiendas bereberes equipadas con todas las comodidades, una cena bajo las estrellas y el silencio absoluto del Sáhara como banda sonora. Una experiencia que combina el espíritu aventurero con el confort, ideal para cerrar una ruta tan intensa.
